Empleos semiesclavos de la forestación

Por Por Mariana Contreras. Artículo publicado en Brecha, 15 de agosto de 2003.

Los monteadores

Reclutados en pequeños pueblos, en los boliches, en las estancias donde se desempeñan como peones, los monteadores se enfrentan a su trabajo sin capacitación ni elementos de protección adecuados y sin conocimiento de sus derechos laborales. Son la contracara del “boom” de la forestación que prometió pingües negocios a capitales extranjeros y empresarios nacionales así como miles de nuevos puestos de trabajo. Por Mariana Contreras

A impulso de la ley forestal promulgada en 1987 el paisaje rural de mucha vaca y mucha oveja empezó a cambiar en Uruguay y los árboles -eucaliptos, pinos y sauces en su mayoría- irrumpieron por doquier en la suavemente ondulada geografía oriental. A partir de ahí todo fue muy rápido. La forestación traería infinidad de beneficios para el país -exportación, industria hasta ese momento casi inexistente, miles de nuevos puestos de empleo vinculados con los árboles (porque no sólo es plantar y cortar, hay que trasladar, construir nuevas carreteras que aguanten tanto baqueteo, mejorar los puertos, posibles fábricas de pulpa, entre otras tantas cosas)- así que había que darle una mano: subsidios, exoneraciones impositivas en importación de máquinas y equipos industriales, en la contribución inmobiliaria de aquellas hectáreas de campo que fueran forestadas, exoneración del impuesto al patrimonio, créditos del Banco Mundial y del República, y la posibilidad de que las sociedades anónimas pudieran ser propietarias de tierras, mediante excepciones a la ley, fueron algunos de los beneficios que los emprendedores recibieron.

Pequeños y medianos productores se embarcaron con entusiasmo en la aventura que en poco más de una década devolvería con creces sus esfuerzos; pero también las grandes empresas multinacionales olfatearon el negocio, que fue bien difundido desde el Poder Ejecutivo a través de una gran variedad de folletería. “Con la experiencia de haber invertido en mi propio campo, le recomiendo que estudie estas oportunidades, y siga mi ejemplo”, invitaba el entonces presidente Luis Alberto Lacalle, que más de un dolor de cabeza tuvo por sus tejes y manejes en el asunto forestal (véase BRECHA 26-VIII y 13-IX-96). Así llegaron capitales españoles, finlandeses, estadounidenses y canadienses a instalarse en territorio oriental.

Y fue así como Uruguay multiplicó, en poco más de diez años, la cantidad de hectáreas utilizadas en forestación. De las 45 mil existentes a principios de los años noventa se llegó hoy en día a más de 600 mil. Según Atilio Ligrone, director general forestal del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), las exportaciones crecieron en ese mismo período de 13 millones de dólares a casi 100 millones (En Perspectiva 27-V-03).

Sin embargo hay una parte del rimbombante discurso forestal que causó no poca expectativa en el interior del país y en el que pocos se detienen a la hora de las evaluaciones: la generación de empleo. Un informe que el MGAP preparó en 2000 para el Proceso Montreal (grupo de trabajo sobre criterios e indicadores para la conservación y el manejo sustentable de los bosques, que Uruguay integra) dice que, según estudios realizados, el coeficiente empleo/hectárea es de 0,02, cinco veces más que en la ganadería. El informe se contradice con el censo agropecuario del año 2000* -también del MGAP- que señala que la forestación ha dado trabajo permanente, en sus más de 600 mil hectáreas, a 2.962 personas. El resto es trabajo zafral y, como se ve, el coeficiente resultante de la división está lejos de dar la cifra antes mencionada. El documento también destaca que los sueldos forestales son 25 por ciento más altos que en ganadería. Nada se dice de la calidad y las condiciones de trabajo en que muchos monteadores -así se conoce a los trabajadores forestales- desarrollan su actividad, y tampoco se dice que 25 por ciento menos de miseria sigue siendo miseria.

QUÉ FÁCIL LA VIDA. Según las fuentes aludidas, la condición de trabajo zafral que tiene la forestación impide saber a ciencia cierta cuántos empleos genera. Señalaron también otra dificultad: el índice de trabajo en negro es muy alto y las grandes multinacionales forestales que operan en el país suelen tener a su personal en planilla y brindarle buenas condiciones de trabajo, pero como ese personal es muy escaso las necesidades se cubren mediante subcontrataciones con “empresarios” que, éstos sí, tienen personal a su cargo en negro y en desigualdad de condiciones con respecto a los de las grandes empresas. En algunas ocasiones estos empresarios no son más que monteadores más baquianos, con tractor o motosierra y sin mayores conocimientos empresariales, que forman cuadrillas para el trabajo sin que medie un contrato entre ellos y la empresa ni entre ellos y los monteadores; en ese entrevero cada uno agarra y da lo que puede y lo que quiere. Las empresas más grandes logran un negocio redondo: mantienen su imagen de dignos patrones cumpliendo con las leyes nacionales y transfieren los riesgos y costos a los subcontratistas, que son en definitiva quienes absorben la mayor cantidad de personal. ¿Qué riesgos y qué costos? Son aquellos a los que muchos se enfrentan al ignorar toda la reglamentación escrita sobre el trabajo forestal, al hacer uso y abuso de sus empleados explotándolos al máximo, pagándoles sueldos irrisorios, cobrándoles las herramientas que ellos mismos deberían proveer, la comida a precios exorbitantes, obligando a jornadas laborales de 14, 16 o más horas, alojándolos en condiciones humillantes para seres humanos; en definitiva llevando al trabajador casi -y sin casi también- a la condición de esclavo. Riesgos y costos que sus responsables estarían obligados a asumir si alguna vez a las autoridades competentes, que están al tanto de la situación, se les da por tomar cartas en el asunto.

LA LEVA. Reclutados en pequeños pueblos, en los boliches, en las estancias donde se desempeñan como peones, a través del boca a boca, los monteadores muchas veces se enfrentan a su trabajo sin tener la suficiente capacitación ni los elementos de protección adecuados. La necesidad de trabajar los lleva hasta allí y eso, sumado a que muchos desconocen sus derechos laborales (el bajo o nulo nivel de instrucción es un factor común), o tienen miedo a que el reclamo termine en despido, o el hecho de ser menores de edad, hace que acepten las condiciones que se les ofrecen sin protestar. Con todo, el de monteador es uno de los trabajos rurales mejor pagado. Así lo reconoce Alexis Silva, monteador de 30 años, que trabaja desde los 13. Alexis llegó desde Salto a Treinta y Tres a trabajar para la empresa Otalin sa, que explota en la estancia La Candela un predio de 250 hectáreas forestadas con eucaliptos. El traslado de gente de un departamento a otro es algo habitual en esta actividad y es también una forma de ejercer presión sobre los trabajadores. Lejos de casa -en este caso 750 quilómetros- patalear es más complicado. ¿A dónde ir si uno no está conforme? ¿Y con qué dinero? Para llegar a la ciudad los monteadores debían caminar casi treinta quilómetros, si les quedaba ánimo después de trabajar 15 horas. La noche en que llegaron, después de 13 horas de viaje en camión, cuenta Alexis, se largó un temporal que impidió armar carpas. Apenas alcanzaron a taparse con unos nailon y pasaron la noche bajo los árboles a la espera de que el temporal amainara. “Cuando empezó el temporal los camioneros dispararon todos, y en vez de darnos una lona… tal vez porque no nos conocían, digo que es por eso, pero también un poco por mala gente, no les costaba nada dejarnos una. Los patrones de la estancia tenían bruto galpón, pero estábamos a tres quilómetros.”

La historia de trabajo de Alexis no es muy diferente a la de cientos de monteadores. Nacido en Paloma, un pequeño pueblo de Salto de treinta casas y doscientos habitantes, una escuela, la comisaría y la infaltable estación de afe, que fue durante muchos años la gran proveedora de trabajo. La otra fuente de empleo son las estancias vecinas y si no se consigue trabajo allí “hay que salir”. Eso fue lo que hizo Silva durante muchos años. Pero hay un punto de inflexión, algo que lo diferencia de la gran mayoría, y es que Silva en determinado momento logró verse a sí mismo en su condición de trabajador explotado, se enfrentó a sus patrones y dijo no va más. Trabajando de alambrador en Salto pidió a su patrón que lo pusiera en caja y éste lo despidió. “La mayoría de ellos no paga impuestos y así no podemos juntar años para la jubilación ni cobrar la asignación para nuestros niños, ésas son las cosas que por lo menos a mí me preocupan y como me había pasado ese misterio de que cuando pedí la caja me dan a entender que soy comunista dije ‘la próxima vez que me saquen no me callo la boca’. Cuando pedís trabajo, si vas a exigirle al patrón que te den tal cosa y tal otra, ‘entonces vos no querés trabajar, muchacho, vos trabajá como puedas’, te lo dicen en la cara, de eso estoy bien seguro. Vos no querés trabajar, porque les exigís lo que te corresponde, no hay que decir nada, agachar la cabeza, ir y trabajar; y no es justo, yo lo pienso así desde el principio. Si yo voy a otro lugar tengo que exigirle eso, porque es lo que nos protege a nosotros de la mayoría de los peligros que hay.”

HACHA Y HACHA POR EL MONTE. El trabajo en la tala es pesado. Un hacha de las utilizadas para hacer astillas pesa entre cinco y nueve quilos y cada tronco que debe ser trasladado pesa entre cuarenta y cincuenta quilos, algunos pueden ser hasta de cien. La actividad comienza con el sol y termina cuando oscurece, aunque los dueños de Otalin, Carlos Fradl y Sergio Buenavida, no pudiendo ir contra la naturaleza, decidieron poner focos en el casco de la estancia que permitieran a los trabajadores cargar los camiones aunque el sol ya no estuviera. Desentrañar en esta empresa cuál es el valor real de la labor de los monteadores implica paciencia: cada cuadrilla cobra por igual trabajo diferente remuneración; y aunque todas son miserables no es seguro que la diferencia sea responsabilidad de los dueños de la empresa, sino de algunos contratistas que se quedan con una parte de la paga.

Alexis cuenta que la jornada comienza a las seis de la mañana, después del mate o café del desayuno, y se extiende hasta el mediodía, cuando paran 40 minutos para almorzar (por lo general avena con cocoa) y luego proseguir hasta las ocho o nueve de la noche. En el medio de todo eso, sólo agua, que llevan en un termo de tres litros aunque la reglamentación obligue al patrón a proveer un mínimo de cinco litros de agua por persona cuando estén trabajando. Obliga a proveer agua potable, claro, y no de la cañada como era el caso.

Dentro de cada cuadrilla hay diferentes tareas que deben cumplirse aunque el sol caiga de punta o el frío congele el alma. El primero en intervenir es el motosierrista, que derriba el árbol y que debe, además de saber manejar la herramienta, conocer la técnica adecuada para evitar accidentes al caer el árbol y también para que el mismo vuelva a crecer de forma adecuada. Una vez en el piso el ramero quita las ramas y marca con aceite quemado cada 2,4 metros, el hombre de la motosierra corta por las marcas y el pelador quita la corteza de cada uno de los rolos. Una vez terminado esto se hacen pilas de diez palos de base por dos metros de altura, que luego son puestos en una zorra y trasladados hacia un camino a la espera de los camiones que los llevarán al puerto. Un motosierrista de la cuadrilla salteña ganaba por cada vara 2,5 pesos de los cuales 0,75 correspondían al pelador, el ramero tenía un jornal fijo de 200 pesos. Al finalizar el día se habían pelado 250 varas aproximadamente. Pero como con unos quilómetros de diferencia la cuadrilla de gente proveniente de Lavalleja ganaba 1,20 pesos la columna pelada, algunos sospechan que el contratista se quedaba con la diferencia.

La segunda parte del trabajo es poner las varas en la zorra, trasladarlas, tirarlas al piso. Luego hay que cargar los camiones. En la cuadrilla salteña se hacía entre cuatro personas con un pago fijo: por cada camión cargado 500 pesos. Un camión lleva seis fardos de madera y cada fardo son más o menos 250 palos; la capacidad humana da para cargar dos camiones por día.

Otra tarea que puede tocar en los bosques es hacer astillas para leña. La pila de un metro cúbico se paga 30 pesos, eso incluye tirar el árbol, desgajarlo, cortarlo, rajar la astilla y hacer la pila. “Nosotros hacíamos siete metros cada uno, por día. Pero había que darle, es un trabajo de forcejear todo el día”, cuenta un monteador. El árbol se aprovecha todo, con las ramas se puede hacer leña para las quematuti o, con las más gruesas, postes y columnas. Sea cual sea el trabajo, por día es difícil ganar más de 150 o 200 pesos, siempre que el contratista no estafe y antes de los descuentos de rigor…

CADA MAESTRITO CON SU LIBRITO. El decreto 372/99 regula la actividad forestal. Desde el traslado de los obreros a las instalaciones, la seguridad, hasta las herramientas y su uso, las operaciones y el almacenamiento de productos químicos. El segundo capítulo estipula la responsabilidad del empleador en el cumplimiento de la reglamentación, si el patrón requiere los servicios de un contratista, éste será quien pase a tener la responsabilidad, y en caso de requerir los servicios de un subcontratista este último será quien deberá responder por los incumplimientos. El problema es cuando todo es ilegal, negro como la noche ¿quién se hace responsable?

Las historias que Alexis Silva y algunos de sus compañeros contaron a BRECHA no sólo fueron confirmadas desde el Ministerio de Trabajo, sino que las mismas fuentes aseguran que los hechos se repiten en las canteras, las tabacaleras, con los arroceros, los cañeros y tantos otros trabajadores.

“Este nene tiene fama de embrollón, voy a empezar a guardar todo lo que pueda rescatar porque en cuanto nos vamos de acá vamos a tener problema”, se dijo a sí mismo Alexis cuando se enteró de que estaba en manos del mismo patrón que tiempo atrás le había quedado debiendo dinero en Salto. A partir de allí guardó toda boleta y recibo que cayó en sus manos y que ahora hablan por sí mismas. El primer mes, cuenta mientras mira su cuaderno y las boletas, tenía que cobrar 3.600 pesos, pero sólo llegaron a sus manos 1.300; el resto se fue en comida. Las cuentas son fáciles de entender. El sueldo que recibía la cuadrilla de salteños no incluía la comida. Sin posibilidad de trasladarse a la ciudad, porque no tenían vehículo, y tampoco tiempo, puesto que trabajaban todo el día, los obreros aceptaban que sus patrones hicieran los mandados por ellos. Cuando venía la cuenta los precios eran europeos: cinco quilos de yerba 240 pesos (esto fue durante los cinco primeros meses del año y hoy se encuentran ofertas de 30 pesos el quilo) cinco quilos de papa 50 pesos e igual precio para los boniatos y cebollas, 10,8 quilos de zapallo 100 pesos…

“Me pareció que es una estafa lo que están haciendo ahí. Yo estuve tres meses y con la plata más grande que salí fue con 1.000 pesos. Lo que hacía iba todo para el almacén. Los últimos 15 días tenía 2.500 para cobrar entre dos y cobré 600 porque el resto se fue todo para la cantina”, esa fue la experiencia de Rubén, de 20 años, quien ratificó las palabras de Silva. En la cuadrilla de Minas, mientras tanto, los patrones incluyeron un cocinero al que los obreros debían pagarle el sueldo, para ello se les descontaban cinco varas -por cada vara recibían 1,20 pesos o dos, dependiendo del grado de dificultad para pelarla- y además les descontaban 40 pesos diarios por la comida. En otros casos, se deja constancia desde el MTSS, los patrones pagan parte del sueldo con bonos para ser canjeados en almacenes con los que las empresas tienen algún acuerdo, o en la propia estancia. Una forma de atar a los monteadores a su lugar de trabajo: o consumen ahí, o su “sueldo” no tiene valor en otros lados.

El artículo 72 del decreto obliga al empleador a proveer las máquinas y herramientas necesarias para el trabajo. Alexis fue cargador y tractorista y durante ese período tuvo a su disposición un tractor con zorra para transportar la madera. En un momento determinado la empresa adquirió un brazo mecánico que levantaba los fardos de madera y los colocaba en el camión, pasó a desempeñarse como motosierrista. Alexis adquirió la herramienta, que los patrones le vendieron a 600 dólares -seis meses de trabajo afirma él- descontados en cuotas de su sueldo. La nafta, el aceite, las cadenas, limas, y todo otro elemento que la motosierra necesitara para funcionar le fue cobrado. Pagó para trabajar. De la misma forma se le descontaron de su sueldo las hachas y ganchos para pelar la madera que la empresa le mandó hacer (“repuesto de mango de hacha 60 pesos”, quedó registrado en una de las boletas).

LA DEL ESTRIBO. Pero por si las normas no habían sido suficientemente violadas ni los trabajadores humillados y explotados -el trabajo se hace de domingo a domingo, descansando arbitariamente cada 15, 20 o 43 días-, todavía queda lugar para algo más. Mientras dura el trabajo los monteadores, salvo excepciones, permanecen en los montes y deben ingeniárselas como sea. Casillas y aripucas utilizando chapa, bolsas de nailon, ramas, tablas, maderas, o cualquier otro material. Las camas eran ramas gruesas de eucalipto, algunos tenían colchón, otros dormían directo sobre la “parrilla”. Por la noche, las cuadrillas que no tienen cocinero se turnan para hacer la cena -única comida real en todo el día, que había que andar cuidando de ratones o cualquier otro animal- alumbrados con linternas, faroles o sólo con el fuego. El agua para beber era sacada de una cañada cercana: “Los muchachos de Minas sacaban agua de arriba, se bañaban más abajo y el agua corría hacia nosotros, entonces sacábamos agua de madrugada esperando que se limpiara para poder tomar”, hacen memoria los monteadores. Bañarse como puedan, cenar, algún toque de acordeón con teclas un poco comidas por los ratones y a dormir.

En un arranque, Rubén y Alexis enumeran los peligros: desde una astilla que salga disparando y vaya directo a un ojo, a una mala maniobra con el brazo mecánico y que los palos caigan sobre alguien, pasando por un árbol que cae sobre un compañero que está pelando -“hay que pegar un chiflido y tener cuidado”-, o la cadena de la motosierra que revienta y lastima las piernas, una simple resbalada cuando se utiliza la herramienta… Y siguen: “que el tractor se dé vuelta por andar en los cerros y al no tener cabina protectora lo apriete y reviente todo; o que salga disparando marcha atrás porque llega a cierta altura, se desengancha el cambio y si uno se olvida la tercera se desengancha sola. Una vez se me saltó la tercera y salió disparando, un muchacho que iba atrás en la zorra se iba agarrado de los palos, saltando para todos lados. Las tormentas eléctricas. Cuando había viento me daba miedo, impresiona porque los árboles se doblaban toditos”.

No hay un registro oficial de los accidentes ocurridos en el quehacer forestal porque la mayoría de las veces, y salvo en caso de muerte, no existe la denuncia correspondiente “y nos parece que igual alguna se escapa”, aseguraron las fuentes del MTSS. El pasado 2 de agosto, en la ruta 102 murió un monteador al que le pegaron ramas de un árbol que fue derribado.

FINAL O NO. La suma de irregularidades, abusos, el incumplimiento en los pagos (siempre recibían sólo una parte de lo trabajado) fue lo que ocasionó algo inusual en esta actividad: que los monteadores, impulsados por Silva, se decidieran a hacer la denuncia. Pero no todos; de 120 trabajadores que llegó a tener la empresa, provenientes de varios departamentos, sólo algunos salteños están dispuestos a seguir con las acciones judiciales. Dos monteadores olimareños le dijeron a BRECHA que saben que lo que Silva hace está bien, pero que tienen miedo de “hacerse mala fama” y que no los vuelvan a contratar, “y el trabajo hay que cuidarlo”.

La toma de estado público de esta situación, a fines de mayo de este año, causó gran revuelo en Treinta y Tres, pero por algún misterio la noticia no se difundió en Montevideo. Entre los contactos que la cuadrilla realizó se encuentran Luis Alberto Lacalle y Luis Alberto Heber; también Francisco Ortiz, diputado nacionalista del departamento. Según cuenta Silva, Ortiz puso a través de su secretario un abogado para los monteadores, que cambiaron después de que les recomendara volver a Salto aceptando los 7 mil pesos que la empresa ofrecía, en lugar de los casi 50 mil que reclaman. Desde el MTSS se informa a BRECHA que los inspectores de trabajo estuvieron allí y comprobaron que las condiciones de vida y trabajo son como los salteños las describieron, y por ahora (véase recuadro) el trámite sigue su curso. Las mismas fuentes dijeron que el inspector nacional de Trabajo, Álvaro Delgado, prometió “sanciones ejemplarizantes” al enterarse del caso, pero todavía no han llegado.

En La Candela ya no queda nadie trabajando, ahora la empresa se trasladó a Tacuarembó. Andrés, que tiene 17 años y permiso del Iname para trabajar, estuvo como pelador en Treinta y Tres y también en Tacuarembó, dijo a BRECHA que ahora la empresa se hace cargo de la comida, hay un tanque cisterna para el agua y los trabajadores cuentan con ropa de trabajo y seguridad, apenas faltan las protecciones auditivas y faciales. Les prometieron, además, que los pondrían en caja.

De la cuadrilla de Salto sólo queda Alexis en Treinta y Tres. Algunos volvieron en ómnibus, otros consiguieron que los llevaran y el resto caminó los 750 quilómetros. Uno de ellos fue el cuñado de Alexis, su esposa Norma contó que sólo hicieron cinco quilómetros en camión, pedían comida en las estancias y dormían a la intemperie. Algunas historias son increíbles: una mañana “cuando se levantaron estaban todos duros, no podían ni hablar, venía un camión y paró, iban a hablar y se les endurecía la lengua, por señas pidieron que los llevaran”.

Para Alexis el gran objetivo era difundir la historia. “De lo único que estoy bien seguro es de que hay muchos Sergio Buenavida y Carlos Fradl que no pagan los impuestos”, dice. “Si legalizan los bosques va a haber que pagar más la madera y el trabajo va a seguir porque hay que seguir explotándolos. En Salto se para y por todos lados hay bosque, tendrá que salir un poco más cara pero nadie se va a quedar sin trabajo porque lleguemos a la prensa nacional. Lo importante es defender a los que no saben defenderse. Los ‘por día’ no ganaban nada y nunca se quejaban. Nosotros mismos tampoco, hasta lo último que estuvimos nos decían hacé tal cosa y lo hacíamos.” Y termina resumiendo todo en un tema de dignidad: “Si me dan trabajo de vuelta, agarro, pero no en las mismas condiciones, por eso estoy luchando”.

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La culpa no es del chancho

Suele decirse que el conocimiento otorga mayores libertades, que ampliar los vínculos y las redes de contacto permite, entre muchas otras cosas, intercambiar información y experiencias diferentes a las vividas por cada uno. Para los monteadores ambas cosas se les hacen cuesta arriba. En su gran mayoría estos hombres sólo han terminado la escuela y algunos son, en su sentido más estricto, analfabetos. Alexis Silva es, aunque pueda en un principio sonar a prejuicio, “de lo más ilustrado” que puede encontrarse. En los largos períodos en el monte, con jornadas de trabajo que van hasta la noche, la socialización queda reducida a los compañeros de cuadrilla, por lo general todos en las mismas condiciones, ¿dónde ir, dónde reunirse si se está a quilómetros de centros poblados? La necesidad y la propia dinámica laboral así lo determinan. En muchos casos la ignorancia de sus derechos y en otros el miedo a ser despedidos si intentan ejercerlos, hacen que los monteadores más que optar por un modo de vida la acepten como lo que les toca en suerte.

Cuando los monteadores de Treinta y Tres decidieron poner punto final a la situación de explotación a la que eran sometidos nadie del PIT-CNT se les acercó. El secretario general del sindicato de obreros de la industria de la madera y anexos, Hugo de los Santos, dijo a BRECHA que, aunque se intentaron los contactos, fue imposible ubicarlos. Pero además expresó una visión muy particular sobre los motivos que impulsaron a los salteños a aceptar el trabajo propuesto en Treinta y Tres: “Es la opción de vida que los hombres hacen pero no porque no tengan otra modalidad. Esta gente formó una cuadrilla, tipo cooperativa, e hicieron acuerdos que después les incumplieron y quedaron totalmente desamparados”.

De los 120 monteadores que trabajaron para Otalin sa sólo unos pocos están dispuestos a emprender acciones judiciales. De los Santos los entiende, pero dice que son ellos quienes rehuyen el enfrentamiento porque en definitiva “generaron una instancia laboral por fuera de todos los reglamentos, porque existe un registro de contratistas, existe un sindicato, el MTSS, el BPS, existe todo y ellos fueron a trabajar en negro. Fue la opción de vida que hicieron, rehuir todos los mecanismos, rehuir todos los elementos reguladores por los cuales lucha el sindicato. Naturalmente esos trabajadores saben, porque los trabajadores acá son conscientes, hay mucho desarrollo, que son culpables de lo que les pasó. No es que estén totalmente desamparados; tenían el amparo pero optaron que no”.

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Misterio de trabajo y seguridad social

Para que el cumplimiento del decreto 372/99 se haga efectivo, el MTSS tiene un departamento de Inspección General de Trabajo y Seguridad Social. Sus funcionarios son quienes velan para que las leyes laborales y sociales del Uruguay se cumplan, en definitiva son quienes controlan desde el Estado que los trabajadores no sufran abusos.

La inspección cuenta en la actualidad con 26 inspectores para el área de Condiciones Ambientales de Trabajo (CAT) y 42 para las Condiciones Generales de Trabajo (la documentación laboral). Estos 68 inspectores deben cubrir todo el territorio nacional. Teniendo en cuenta que existen unas 100 mil empresas registradas, los inspectores de las CAT demorarían diez años en realizar tan sólo una inspección por empresa (una por día), en el caso de las CGT serían seis años.

En el caso de las inspecciones rurales, la última vez que se hicieron de forma programada fue en el año 1992. Allí debieron salir con los jeeps del Ejército, porque para todo el país el MTSS sólo dispone de dos camionetas. Pero, aseguran las fuentes, “el cacareo de los estancieros” terminó con el archivo de todos los expedientes. Y a pesar de que estos inspectores son los únicos habilitados para entrar en cualquier lugar donde se presuma que hay trabajadores, sea de día o de noche, algunas veces no es fácil salir: no hace mucho el dueño de una estancia, enojado por la presencia de los funcionarios, mandó cerrar la portera, impidiendo que la camioneta del ministerio pudiera irse por varias horas, el asunto terminó en una denuncia penal.

A esas dificultades se les suman la falta de combustible y problemas en el quehacer burocrático: se eliminó la constancia de actividad laboral y la obligación de presentar los comunicados de licencia anual, que impiden un control más detallado de lo que sucede en las empresas.

En Treinta y Tres la inspección se realizó y según una fuente ministerial varias cuadrillas no pudieron ser ubicadas ni en su campamento ni el área de trabajo: alertadas sobre la visita, se escondieron. Nadie sabe si por su voluntad o mandato de los patrones. El expediente se encuentra en manos de los abogados del ministerio, quienes son los que deciden si corresponde sancionar o no. La decisión final queda a cargo del inspector general. Por ahora no ha pasado nada.

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* Los datos pueden consultarse en www.MGAP.gub.uy

About Grupo Guayubira

El grupo "Guayubira", fue creado en mayo de 1997, para nuclear a personas y organizaciones preocupadas por la conservación del monte indígena y por los impactos socioeconómicos y ambientales del actual modelo de desarrollo forestal impulsado desde el gobierno. El grupo aspira a tener incidencia a nivel nacional y local para implementar medidas que ayuden a la conservación del monte indígena y a modificar el actual modelo insustentable de desarrollo forestal basado en los monocultivos de árboles a gran escala.
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